sábado, 3 de septiembre de 2011
La Soledad del Ángel
Era un enero de mis 8 años. Las ruinas del gallinero y el absurdo olivo hacían más seca la tierra que borraba mi meada.
En ese infinito páramo sentía la libertad de no ser, pero de repente, del otro lado de la medianera oigo gritar sórdidamente.
Me asomo, lo están fajando.
Veo como lo levantan del piso a patadas en el culo para volver a caer inútilmente, penoso uróboros.
Él inerte, solo mezclando llanto con grito, mocos con lágrimas.
Atrocidad.
El padre se descargaba con el hijo de puta, literalmente hijo de puta, un año más chico que yo.
Ese teatro movió algo en mi. Una mañana cuando sentí su presencia le hablé por la medianera, al rato la crucé y mis pies marchitaron una extraña tierra. Ante mí, un mar de palabras buscaban explotar configurando un rostro-océano que amenazaba con ahogarme.
Los días pasaron y fuimos afianzando nuestra amistad. Un domingo, mientras boludeabamos en el fondo me dijo que jugaramos a los "pitos".
- ¿como se juega?
- vení
Se escondió en unos fierros, me bajó los pantalones y empezó a masturbarme.
Era un juego como cualquier otro, solo que más divertido.
De la mano pasó a pajearme con el culo.
Su ano era una sinestesia, en él sincretizaba las penetrantes patadas y el rol de puta pero ahora era placentero.
El agón existencial encontró en la pasividad del sexo, su ansiada catársis.
Ese 6 de enero conoció a los reyes magos.
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